Yo, argentino #81
Crónica de un país que supo ser y no quiere dejar de serlo.
Empiezo por el final, terminaré en el principio. Tengo la necesidad de volver a escribir. En estos casos me pasa siempre lo mismo: necesito sacar todo lo que siento. Una parte de mi país está desapareciendo cada segundo, como si nos robaran, o simplemente nos apagáramos. No estoy hablando de cómo venden grandes porciones de territorio, que también, sino de algo puramente espiritual.
Hace seis años me desperté con esa sensación por primera vez. Vivía en Australia y un día, apenas abrí los ojos, agarré mi celular y vi una cantidad inusitada de mensajes que me alertaban que algo grave había pasado. Diego Armando Maradona había abandonado el plano de los mortales. No me pude sacar la desesperanza por semanas. Sentía literalmente que se había muerto un familiar cercano. Lloraba a cada rato pensando en cómo podía existir un mundo en el que él ya no iba a ser parte. Para peor, mi luto era muy difícil de explicar. No era un familiar, no era un conocido, era simple y llanamente un héroe personal y colectivo que me había acompañado desde siempre y que me hacía inflar el pecho cada vez que me preguntaban de dónde era. Argentina era Maradona. Argentina es Maradona. O al menos eso quiero seguir creyendo. Un tiempo después se fue Francisco. ¡Teníamos un Papa!
El viernes al mediodía falleció Carlos Solari, el Indio. Quizá el tipo más convocante de nuestra historia. Un fenómeno estrictamente local que nunca salió de Argentina. Y sin embargo, la noticia me caló profundo en las entrañas desde una mañana madrileña. Yo nunca fui un fan acérrimo de su música, pero de una manera u otra era parte de mi universo musical.
Estar fuera de tu país cuando pasan estas cosas es muy difícil. Querés estar allá, acompañar, abrazar, consolar a tu gente y pasa exactamente lo contrario: estás solo, frente a una pantalla, viendo cómo tu pueblo sufre.
¿Y qué nos queda ahora? Sin el Diego, sin el Papa, sin el Indio, ¿qué somos los argentinos?
Gracias a la posibilidad que tuve de viajar y de conocer gente de todo el mundo, siempre me asombré de cómo la percepción de un lugar existe en nuestra cabeza pero a la vez es común a mucha gente. Cuando me preguntaban por Argentina no podía evitar enumerar íconos: deporte, música, religión, medicina. En donde mires, tenemos alguien. Y si te cruzabas con un compatriota no hacía falta decir nada. Espalda con espalda explicándoles al resto por qué al sur del continente americano estaba el mejor lugar del mundo.
Esa noción de grandeza fue construida por un conjunto de personas que están desapareciendo. Y lo que asoma en su lugar me parte el alma. El nuevo ícono argentino en el imaginario del mundo es una motosierra. Somos dueños de un país que el planeta observa y se burla por su falta de sentido común y, sobre todo, de amor propio.
Quizá sea solo una sensación mía. Quizá las nuevas generaciones estén formando sus propios ídolos, capaces de despertar a las masas. Quizá soy un poco egoísta por pedirles eso, cuando yo me fui y abandoné cualquier tipo de lucha.
Solo me queda la esperanza de que, de alguna manera, desde donde estén, los que ya no están nos ayuden a seguir siendo lo que fuimos.
Empiezo por el final, terminaré en el principio.



Si puedo decirte una cosa, solo una, es que escribas más desde donde has escrito esto 💕
Nunca me he mudado al extranjero, pero he sentido algunos de estos sentimientos sobre mi ciudad natal, que está a 3000 millas de distancia. Sobre extrañar a las personas conocidas que dieron forma al lugar, que ya no lo son. Sobre sentir que he perdido la cultura distintiva del lugar en el que me crié.
No tengo palabras para la vergüenza que siento por mi país. Tampoco por el miedo en mí que crece cada día... Lo dejaré ahí porque cubre demasiado.
Espero leer tus perspectivas argentinas, desde cualquier rincón del mundo desde el que lo estés viviendo.